Los Momentos al Pedo
Recopilación de todo lo que veo, escribo, escucho, hago, siento y quiero... o simplemente me invento.
lunes, 17 de marzo de 2025
Paz
domingo, 9 de marzo de 2025
Ribera del Duero
Campos embarrados, nubes violáceas, golondrinas en el cielo y olor a hierba mojada. Carreteras infinitas que conectan pueblos moribundos que se aferran a la vida como el náufrago a merced de un mar embravecido lo hace con un flotador. Allá donde el tiempo no transcurre, donde el reloj se quedó encallado en épocas pretéritas de armaduras, enaguas, coronas, cruces, cruzadas y espadas. Campos de Castilla, Ribera del Duero, paisajes grisáceos, encinas, murallas, lacayos, barricas de roble y tierra por labrar.
Las campanas de las iglesias tan sólo repiquetean para ahuyentar a las cigüeñas que anidan sobre ellas y ni siquiera eso consiguen. Las calles están desiertas, las farolas apenas alumbran y tan sólo humean un par de chimeneas de las cientos que se alcanza a otear. Huele a leña, incienso y soledad. Las viejas se guarecen en el brasero y los jóvenes, si es que queda alguno por allá, se refugian en el sabor del vino para ahogar sus penas, para rezarle a cualquier dios que pueda escucharle una plegaría de desesperación que desgarra el alma y pide auxilio para salir de una vida de arado, sarmientos, frío y quietud.
No deja de llover durante el día y por la noche las gotas golpean con dureza el techo de la buhardilla. Las tejas aguantan las embestida con tesón, como llevan haciendo tantos años que uno ya ha perdido la cuenta y lo hacen hasta que los pájaros, madrugadores, trinan anunciando el nuevo día y un pequeño descanso de sol con unos rayos tenues que amenazan con pronto desaparecer. El frío ennegrece los paisajes rociando con un gris platino el horizonte y dándole tonalidades oscuras a lo que en no mucho tiempo serán verdes prados repletos de trigo, cebada y vid. Y ahí, en la tierra del desconsuelo y la soledad, en el lugar milenario que parece haber sido abandonado a su merced, nace un néctar maravilloso hecho por el hombre con el único propósito de acercarse un poco más a Dios.
Su amargor atrapa, engancha como una droga y abre los poros del alma como un soplo de aire lo hace con el ahogado. Su color se asemeja al de la sangre porque no hay bebida más pasional; su olor transporta a Castilla, su tacto amilana y su cuerpo enamora casi como el de una bella mujer. "El vino siembra poesía en los corazones" dijo el poeta que describió el infierno al detalle y bien sabe Dios que no es por casualidad, porque allí, en el mismismo abismo, rodeado de ascuas, llamas y olor a azufre, no se bebe otra cosa.
Descorchar la botella ya se torna un placer y quien conoce a este humilde juntaletras sabe que el sonido más bonito de cuantos se escuchan es el del líquido resbalando por el cristal en la primera copa. Ese néctar oscurecido por la piel de la uva, rojizo, acaramelado y redentor rezuma pasión y angustia, amor y placer, lujuria, calor y vida. Se introduce en la boca y embadurna de sabor cada parte de ella: entumece la lengua, adormece las encías y consigue hacerte salivar como la campana de Pávlov. Luego, resbala por la garganta acariciando sus paredes como un enamorado lo hace con los senos de su amada, con la mezcla exacta de dulzura y frenesí. Eleva la temperatura corporal un par de grados, los necesarios para que una noche fría de marzo se vuelva tórrida y abrasora. El crepitar de la leña y el sabor del Ribera incitan al pecado por eso están equivocados quienes afirman que el vino es la bebida de los dioses, son estos necios los que no han entendido que es el mismo Lucifer quien se regodea en su trono de brasas y calaveras con las consecuencias de su creación porque nadie se halla más cerca del infierno que quien se deja engañar por el sabor de la uva fermentada, del cambio químico que se produce cuando el azúcar del fruto se convierte en alcohol y que, indirectamente, lleva a que la inocencia se transforme en impudicia y sensualidad.
La ropa se hace innecesaria, las caricias se vuelven pecaminosas, las bocas se enfrentan en una guerra sin cuartel y el contraste entre el ambiente gélido de la calle y el averno retrotraído a una casa vieja de madera y piedra se asemeja más al de una novela que al de la vida real. Gemidos de pasión, éxtasis, embestidas y acometidas, embelesamiento y fascinación, amor elevado a la enésima potencia y la certeza de que si hay algo que pueda resumir lo que es la vida en su más puro, profundo e intrínseco concepto, son las noches de música, lumbre y vino. Ahí nace y muere el espíritu animal del ser humano, en el embrujo de un líquido que la naturaleza le regaló al hombre para que, por un momento, dejase de ser mortal y se convirtiese en deidad.
miércoles, 29 de enero de 2025
Días tristes
"El invierno es una putísima mierda. Y de ahí no me baja ni Dios."
La melancolía se palpa desde primera hora de la mañana. El suelo húmedo, la niebla desparramada por el ambiente como un bote de sopa que se cae en la encimera de la cocina. Algunos creen que el primer golpe de frío viene cuando cruzas la puerta de casa pero en invierno llega mucho antes, en el preciso momento en que suena el despertador y sacas un dedo fuera del único resquicio de felicidad que tiene esta mierda de estación: el edredón. Ahí comienza la pesadilla y no termina hasta que vuelves de nuevo a él mucho tiempo después.
Siempre hace frío. Siempre. Cuando sales de casa, cuando bajas por el ascensor, cuando sacas la basura, cuando te subes al coche y durante casi todo el viaje, exceptuando los cinco minutos en que consigues que la calefacción termine de calentar ese habitáculo infesto y cuando, después de media hora, eres capaz de alcanzar la temperatura idónea, has llegado al trabajo y te toca apearte para, efectivamente, volver a toparte con el frío. Y así en todas partes y durante todo el día... y hay gente a la que le gusta esto.
El cielo varía del gris antracita al plateado, pasando por un color perla y ceniza. Todo gris. Las calles están desiertas, desangeladas como una postal antigua de Chernóbil. Las sonrisas desaparecen al igual que las piernas y las faldas, que es como quitarle al mundo las tres mejores cosas que tiene. Las pieles son pálidas, las ojeras se acentúan y todo, absolutamente todo, se vuelve mustio y triste porque no hay época más triste que ésta y no hay gente más triste que a quien le gusta el invierno.
Pasear por el campo pasa de ser un placer rejuvenecedor a un padecimiento constante. Hay charcos, hay barro, hay hielo, los árboles se han secado, los pájaros no tienen ganas de cantar y hasta el sol, en las pocas ocasiones en las que se atreve a salir, lo hace con desdén y deseando volverse a la cama con premura. Las terrazas están desiertas y las sillas de éstas, mojadas; como los bancos del parque y no hay nada más desagradable que sentarte en un banco mojado.
No hay bullicio en las calles, no hay vida en las plazas ni pelotas rebotando contra las paredes ni columpios en movimiento ni viejas en las puertas ni peonzas ni señoritas leyendo en las cafeterías. No hay amantes besándose sobre el césped ni gafas de sol ni guirnaldas ni noches eternas ni ganas de pasear. No hay ardillas trepando a los árboles ni música ni colas en los quiscos de gominolas. No hay más que una ciudad taciturna que vaga entre la neblina espesa que enlaza un día tras otro, que copa de monotonía una vida que rueda por inercia hasta una primavera a la que muchos le imploramos que, por favor, haga ya su aparición. Gente tachando los días como presos encerrados entre los barrotes de una prisión de hielo, tedio y sopor; hombres y mujeres apresados en la quietud y el desasosiego, en la tristeza infinita de unos días que duran poco pero que, extrañamente, se hacen eternos.
Días tristes estos que tocan vivir. A nadie puede gustar enero ni siquiera a quien nació en él pero, como en esta vida hay gente para todo, cada año me toca lidiar con los que, al parecer, sí les gusta. Más tonto soy yo por caer en la trampa, por querer explicarle al ciego lo preciosa que es una puesta de sol o al sordo lo maravilloso que es pararse a escuchar cómo trinan los jilgueros.
No hay poeta enamorado del frío ni amante de la vida que pueda decir que ésta es una época para vivir. No hay nada más alejado de la vida en el sentido en que yo la concibo que la muerte que trae consigo el invierno, que la tristeza que lleva aparejada enero y su lluvia ni la melancolía con la que uno afronta cada día, cada hora y cada segundo de lúgubre desolación de este solsticio repleto de desamparo, penumbra y aflicción. Pero, como siempre, existe un resquicio de esperanza en este horizonte negro que se antoja infinito: queda un día menos. Un día menos para que la vida vuelva a triunfar, el sol caliente y los cielos vuelvan a ser azules. Un día menos para volver a mirar con la soberbia de quien se sabe vencedor a todos los amantes de esta estación maldita que, gracias a Dios, ya queda menos para que finalice.
jueves, 14 de noviembre de 2024
Muerto en vida
Hace dos semanas que el cielo se desplomó sobre Valencia. Quince días de imágenes desgarradoras, de sonidos desesperantes, de testimonios que hielan la sangre, de barro y lodo, de lágrimas y desesperación, de pena, de angustia, de rabia y desolación.
He visto tantas cosas en mi vida que pienso que ya poco puede sorprenderme, que hay desgracias a las que me he acostumbrado de tal manera que me apena haber perdido cierta humanidad en ese aspecto. Lo que ayer te erizaba de pena la piel hoy pasa ya casi desapercibido y eso, con el paso de años, te va demonizando poco a poco hasta el punto de que a veces cuesta ver algo de ser humano en uno mismo. Sin embargo, hay días en que la vida te vuelve a hacer persona, te sacude de tal forma que vuelves a sentir hasta un punto que no creíste posible y el demonio impertérrito ante el mal ajeno se convierte en un hombre que se rompe con el dolor de los demás, que vuelve a la vida con una noticia y es ahí cuando uno siente que su alma no está tan perdida como creía. Ayer, a eso de las ocho y media de la tarde, yo volví a ser una persona frágil con lágrimas en los ojos y el corazón totalmente podrido de dolor.
"Se han identificado los cuerpos sin vida de los pequeños Rubén e Izán, de 3 y 5 años, desaparecidos en Torrent por la DANA" sería un titular ya de por sí suficiente para desgarrarte por completo. Pero, tristemente, había más: "los niños desaparecidos hace quince días cuando la fuerza del agua los arrastró mientras que su padre logró agarrarse a un árbol, donde permaneció cuatro horas".
No soy capaz, por mucho que lo intente, de poder comprender el dolor inhumano que ese hombre debió sentir durante esas cuatros horas. Me ha venido a la mente unas trescientas veces durante estas veinticuatro últimas horas lo que tuvo que soportar, lo que fue aquella sensación y la amalgama de desolación, impotencia y rabia que debió surgir en su interior. Lo imagino colgado de un árbol, empapado hasta las cejas de agua, barro y maleza, observando cómo la corriente se lleva consigo a sus dos pequeños. Lo veo llorando, bramando de rabia y de pesadumbre, enfrascado en una batalla interna entre la racionalidad que lo lleva a seguir agarrado de esa rama y un corazón maltrecho que lo anima soltarse para ir a una muerte segura en busca de sus niños. Lo veo destruido, muerto en vida, formando una diabólica contradicción entre un cuerpo que se acaba de salvar con un alma perdida que acaba de ser asesinada, que ha muerto en ese instante y que es perfectamente consciente de que jamás volverá a vivir. La imagen de los cuerpecitos perdiéndose en la oscuridad de la noche, la de sus manos soltándose, el grito seco de suplicio al hacerlo y cuatro eternas horas de soledad para recriminarse si se puedo hacer más. El tiempo pasando tan despacio que parece que jamás existió, el manto de una noche fría envolviéndolo todo, la lluvia golpeando con fuerza y el viento agitando las copas de árboles como ese mismo al que está sujeto. Si el infierno existe no creo que difiera mucho de lo que tuvo que ser esa estampa para aquel maltrecho corazón intentando salvar una vida que ya nunca más tendrá sentido.
Cuatro horas. Doscientos cuarenta minutos de terror, de una pena inmensa. El desconsuelo mezclado con el sonido de la corriente, el pavor al ver los coches chocando contra casas y árboles, el sabor del barro en la boca, el frío del ambiente acrecentándose por la ropa calada, la impotencias por bandera, la frustración de no haber podido hacer más, el odio a un Dios que te ha abandonado y se ha llevado consigo lo que más querías y tanto dolor dentro como jamás creíste que fuese posible sentir. Lo pienso, lo pienso y lo vuelvo a pensar y cada vez duele más, cada vez me hace más daño ese pavor ajeno que siento como propio y que, creo, cualquier puede hacer suyo. En todos mis años, de todas las historias que he escuchado en mi vida, no creo que haya muchas que más hayan marcado y me hayan hecho empatizar tan de cerca con un desconocido al que no pongo cara ni nombre pero al que no puedo más que intentar tratar como alguien cercano al que, ojalá, pudiera mandar fuerza en forma de palabras o de un cálido abrazo. Qué crudeza más grande, qué pena más inmensa y qué dolor incalculable causa en ocasiones la vida, tanto que ni las palabras pueden acercarte a él por mucho que uno lo intente, tanto que el despertar de un nuevo día ya no tiene sentido, tanto que una imagen te perseguirá para siempre y no te soltará jamás. Qué crudeza más grande debe ser seguir respirando sabiendo que moriste un día de lluvia donde la naturaleza te lo arrebató todo y te dejó vivo para que lo recuerdes eternamente.
viernes, 1 de noviembre de 2024
Una gota
Y luego, el infierno.
Intento ponerme en la piel de quien, de repente, comienza a ver un hilo de agua entrando por la rendija de su puerta. Corriendo, acude al cuarto de baño para coger algunas toallas que impidan el paso de la corriente pensando que pueda destrozarle la tarima, quizá la pintura de las paredes o algún mueble recién comprado pero sin imaginarse, porque quién sería capaz de hacerlo, que ese es el principio del fin, que ahí se acaba todo.
Me es imposible no sentir el pánico de esa pareja que, estando a punto de salir a recoger a los niños al colegio, se quedan sorprendidos de lo mucho que llueve. Observan, primero impactados, cómo las calles de un pueblo recóndito y repleto de quietud, se van llenando de agua poco a poco y luego, cuando el torrente de las montañas hace su aparición, el impacto pasa a ser pavor y las palabras de todos los días se transforman en rezos a un dios que parece haberte abandonado. Cómo puede cambiar tan rápido una vida, cómo puede ser la naturaleza tan cruel.
Barro y lodo, agua oscura portando consigo ramas, tierra, rocas y destruyendo todo lo que ve a su alrededor. Agua, la misma sustancia imprescindible que mantiene viva tus células es ahora la que te arranca la vida arrastrándote como un muñeco de trapo sin posibilidad alguna de hacerle frente. Fango y miedo, gritos de terror y llamadas de auxilio, pensamientos fugaces que se cruzan con un nivel que no deja de ascender, que ya casi te atrapa, del que no puedes escapar.
El pueblo del agua se ahoga y sus calles empedradas han quedado cubiertas de cieno. Las casas, arrancadas como si fuesen de paja; no queda rastro de sus fuentes, de su piscina natural, de las escalinatas que conducían a la plaza, de sus paredes blancas, sus árboles milenarios, la tenue luz de las farolas o las sonrisas de sus noches de verbena. Todo se ha perdido y tan sólo quedan el horror y la pena.
El horror de convivir con los muertos, de notar cómo el corazón se detiene con cada conteo de víctimas, con los testimonios de quien lo ha perdido todo, de quien brama de rabia porque la ayuda no llega o de quien muere de dolor porque la corriente se llevó consigo a quien más quería.
Pena. Inmensa pena. Mensajes que encogen el alma, testimonios que hielan la sangre e historias que te vuelcan el corazón. Abuelos con el agua por las rodillas, bebés recién nacidos que no volverán a reír, muñecas repletas de barro que dan a entender que quien la portaba ya no está, padres llorando la peor de las pérdidas, hijos con la mirada perdida sin saber qué decir y tantas caras de desolación que la impotencia te abruma, que el desconsuelo se apodera de ti que el miedo te eriza la piel.
Rabia de ver a la peor calaña robando tiendas y saqueando comercios, como si no fuera poco para el autónomo que lo ha perdido todo ver cómo una panda de malnacidos le arranca de las manos lo poco que le queda. Qué curiosa es la vida y qué fácil saber, por otro lado, quién está en el lado bueno. Puentes abarrotados de gente con palas a la derecha de sus pantallas, escoria inmunda corriendo con móviles y botellas de cerveza a la izquierda. Ustedes deciden con qué se quieren quedar.
Miedo al volver a ser conscientes de la fragilidad de la vida, de lo rápido que todo puede desaparecer en un momento dado. Pavor a que tú pudieras haber sido uno de ellos y la melancolía de que los tuyos podrían estar ahí. Todas las emociones del ser humano que permanecen escondidas en la cotidianidad de los días, despiertan con toda la fuerza del mundo en situaciones como estas y te recuerdan que no eres nada y que estar aquí un segundo más es un regalo del cielo. Así que, joder, aprovéchalo.
Y toda esa amalgama de sentimientos y emociones, de pensamientos y reflexiones comenzó con una gota de agua que luego pasó a ser un tifón. Pero también, con una gota empezó la esperanza de un pueblo que nunca deja a nadie atrás aunque sus gobernantes sí lo hagan. Cientos de personas desplazándose a donde el barro lo ocupa todo, a donde el agua lo abnega todo y a donde el miedo todo lo puede para dar esperanza a quien la perdió, para arrimar el hombro junto a quien ya no tiene fuerzas y para compartir con ellos lo poco que uno tiene.
Saldremos de esta, no os quepa duda… y convertiremos una gota de esperanza en una tormenta de generosidad y fraternidad como pocas veces se ha visto porque al final, como decíamos al principio, todo lo grande comienza con un suspiro, ya sea la peor de las tormentas o el más bello de los milagros.